2008…CRISTINA

La memoria es, a veces, como una ventana que se abre, de golpe, por la furia del viento.
No es una brisa que embriaga tu alma. Es un huracán que busca respuestas en el medio de la nada.
Allí la veo…en el televisor del estudio de la radio, y sospecho que su belleza empieza a ser usada por la inexorable necesidad de los años: Ella se rebela y se coloca artificios como fuegos artificiales.
No importa…sigue siendo bella y rebelde.
Es la misma que recuerdo con su mirada de niña asustada, que sospecha que va camino a ser mujer. Es la joven que espera por las notas en su libreta. Es la misma que no se resignaba a ser olvidada.
Evita tenía su rebeldía en su pelo. Cierro la retina de mi memoria, y veo la foto más divulgada por la JP (Juventud Peronista): Es bella como el fuego que la quema…lo habrá sospechado siempre ?.
El anuncio de un “mega plan de obras públicas” es una vieja costumbre de los gobiernos, de turno antes de fin de año.
La Democracia que supimos conseguir se empecina en no dejar las viejas mañas de su entrañas: La política es el arte de lo posible y la continuidad de los imposibles.
Un trabajo “multimedia” del diario Clarín, me lo recordaba el otro día…
(*) Click aquí  para ver el informe “multimedia”

Hay días en que el país…nuestro país se nos hace piel y desdicha.
Eduardo Galeano, ese eterno contador de verdades, se lo decía a Jesús Quinteros (El perro verde) no hace mucho tiempo atrás en su programa: “Yo dudo de los optimistas…el optimismo de verdad se nutre del pesimismo…”

Pero este dolor de la memoria, es el pesimismo del amor. Juan Gelman, ese poeta de las entrañas, nos decía:
“Se debe hablar claro, y no de la claridad.
Se debe hablar enamorado y no del amor…
Se debe hablar libre, y no de la libertad…”
Y Juan sabe de la búsqueda de la memoria. Su negación del olvido, le devolvió a su nieta, junto a la digna sepultura de sus hijos queridos…
(*) Audio de Gelman cuando lee: “Yo también escribo cuentos”
Pienso en aquella sentencia que señala: “La vida es cíclica…y siempre vuelve a repetirse…”. Juan y Cristina se cruzaron en una Argentina alejada de aquella que vivieron en la década del 70.
Aquella Argentina marcaba una realidad de utopías, violencia, dictaduras, muerte y militancia. Su desarrollo económico no se escapaba de esa realidad:
1 – Informe de Ecoline.com sobre aquellos años (PDF)
Eran los años de la “Revolución a la vuelta de la esquina”. Y los caminos de ambos, tendrán un común denominador: “Las formaciones especiales que luchaban por el regreso de Perón…”
1- Informe sobre “organizaciones militantes de la década del 70” (PDF)

Mis ojos se detienen en estos dos personajes de nuestra historia reciente. Veo de reojo el espejo, y me devuelve algunas canas que no desnudan sonrisas oportunas.
Mi vida, podría ser también esa cara de sorpresa adolescente de Cristina en la etapa universitaria, o el empeño de la dignidad de Juan Gelman peleando por la búsqueda de sus seres amados.
Soy periodista por aquél artículo que escribí para el “día del periodista”, y que significó una suave brisa de la memoria:

Me veo sobre los hombros de mi padre, que me levanta lo más alto posible, para poder ver entre la multitud.
Corría el año 72, y la sonrisa de aquél hombre al que llamaban “El Tío” fue lo que se petrificó en mi memoria.

¿Por qué sonreía con tanta ganas aquél señor?

Me veo de la mano de mi madre ingresando a un barrio de barro, entre el humo de la niebla abundante, y niños como yo con rostros embarrados.

¿Por qué hay niños con rostros embarrados y pancitas grandes en cuerpos delgados?

Me veo en medio de gente alegre, con bigotes grandes, con pelo largo, vinchas de colores, y minifaldas con flores. Todos gritan lo mismo en medio de la calle, y levantan carteles con la foto de ese hombre.

¿Por qué tantos amigos de mis padres son capaces de dar la vida por ese señor?

¿Es posible ser capaz de dar la vida por alguien ?

Me veo con mi boca tapada, por las manos de mi madre, junto a mi hermana, en silencio, mirando por la ventana. Mi madre me habla con voz baja. No quiere que escuchen lo que decimos los hombres que están afuera.

¿Por qué esos señores vienen a buscar a mi mamá por la noche?

¿Por qué me tapa la boca?

¿Por qué me dice que nos vamos de casa a dormir a la casa de mi Tía?

Me veo frente a una puerta grande, de la mano de mi madre, con una bolsa que contiene una tarta. La puerta grande se abre, con un ruido que parece que sale del fondo de una cueva.

Mi padre aparece con una sonrisa y vestido con un suéter negro. Sus amigos, que no son los que gritaban, le dan palmadas en la espalda.

Mi padre sonríe, y me regala un barco de madera, que construyó con su cortapluma.

¿Por qué mi padre está con tantos amigos sin poder salir de esa cueva?
¿Por qué mi padre me besa mi rostro, y el de mi hermana, entre miradas de señores de lentes oscuros?
¿Por qué mi madre llora después de ver a mi padre?
Me veo jugando con mi amigo de la esquina, en el medio de su patio. De repente mi amigo ya no está conmigo.
Ahora son mis vecinos que me levantan, como si algo se quemara y estuviera en peligro.
Me veo tomando una chocolatada, con galletitas dulces, entre el murmullo de mis vecinos.
Me veo durmiendo al lado de mi abuela. Siento que estoy en paz.
¿Por qué no veo más a mi amigo de la esquina?
¿Qué dicen en sus murmullos mis vecinos?
Me veo sentado entre las rodillas de mi padre, que tiene una sonrisa más grande que cuando estaba en esa cueva con sus amigos que no gritaban.
Me veo durmiendo en nuestro auto, junto a mi hermana, llegando a una ciudad fría.
La veo a mi madre feliz, pero siempre mirando a los costados.
¿Por qué si mi madre es feliz mira tanto de costado?
¿Por qué ahora dormimos en esta ciudad que es tan fría?
¿Por qué mi padre me dice “sobrevivimos”?
¿De qué nos salvamos?
Por un instante, y entre mi vista que se nubla como el humo de aquel barrio de barro, dejo de escribir. Son apenas segundos que se multiplican en imágenes de mil colores:
Allí está el azul del nacimiento de mis hijos, entre el rojo de la quema de neumáticos de Septiembre de 2001, y algunas cartas documentos de funcionarios gubernamentales.
Allí está el amarillo del rostro de mi abuela que se jactaba de tener un nieto periodista. “Dejate de joder, que es peligroso…”, me repetía una y otra vez, cuando las amigas del Club de Jubilados le contaban del enojo de los gobernantes.
Allí está el celeste de las manos de mi madre, cuando me seba un mate, y como cielo mira al hijo que ahora es padre.
Allí está el bordó del vino tinto, contenido en esa copa que se levanta. Es el brindis de mi padre porque supimos sobrevivir al color negro de esa noche trágica.
Allí está el azul profundo de mi compañera de vida. Su sudor como arcoiris, y su sonrisa como serena melodía.
Allí están los eternos interrogantes ahora hechos profesión.
Necesidad de sabernos “un zumbido de moscardón” que molesta pero no mata.
Ser libres del poder, por el poder de decir sólo la verdad.
Nacer con preguntas y dejar preguntas para cuando ya no preguntemos.
Sólo así podremos ser fiel a nuestro destino que nos mira de reojo, y nos empuja al abismo de la entrega.
Una entrega de pasión a la que llamamos periodismo.
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